Origen del Vaticano no contado

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Pueden encontrarse al menos tres significados en la etimología de la denominación latina de “Vaticanus”: (1) Vates (adivino o brujo) + canus (canto); (2) el lugar que en Roma se llamó Ager Vaticanus (el cerro de las adivinaciones); ó (3) el antiguo emplazamiento en esa zona de un pueblo etrusco (los vaticum). En cualquier caso parece tener mucho que ver con un concepto esotérico del lugar de marras.

Los antecedentes de lo que hoy se conoce como Estado Vaticano se remontan a la mitad del s. III, cuando el obispo de Roma, Esteban, se declaró sucesor de San Pedro y reclamó la supremacía sobre el resto de obispos, consiguiendo no más que el rechazo y la confrontación con sus colegas. Así continuó siendo durante los siguientes obispados romanos, que trataban infructuosamente de imponerse sobre los demás. En el 312 Milciades era ya dueño del Palacio de Letran: a la postre, la prevalencia de Roma dio comienzo poco después bajo el mandato imperial de Constantino I El Grande, el que forjó al Cristianismo con muchas sus características institucionales además de otorgarle rango de religión oficial del Imperio Romano.

A la ribera occidental del río Tíber: 44 hectáreas donde se condensan el lujo ostentoso, el oro, el marfil, las estatuas, las pinturas, los tesoros ocultos…

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Firma del Tratado de Letran.

Hay un episodio llamativo e impresionante sobre la extraordinaria capacidad de fraude de la Iglesia Apostólica Católica Romana. Es el documento titulado Donatio Constantini o tambiénPrivilegium Sanctae Romanae Ecclesiae, la “Donación de Constantino”, una de las falsificaciones que mayor rentabilidad ha aportado a la Iglesia. Fechado en 315, este texto, que se presentó como redactado por el propio emperador Constantino otorgando una serie de concesiones a la Iglesia de Roma entre las que se incluye la soberanía sobre los países de Occidente, literalmente dice:

Tanto más cuanto que nuestro poder imperial es terrenal, venimos en decretar que su Santísima Iglesia Romana será venerada y reverenciada y que la sagrada sede del bienaventurado Pedro será gloriosamente exaltada aun por encima de nuestro Imperio y su trono terreno. […] Dicha sede regirá las cuatro principales de Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Jerusalén, del mismo modo que a todas las iglesias de Dios de todo el mundo. […] Finalmente, hacemos saber que transferimos a Silvestre, papa universal, nuestro palacio así como todas las provincias, palacios y distritos de la ciudad de Roma e Italia como asimismo de las regiones de Occidente. Y ahora, la explicación:

Tal engaño fue encargado por el papa Esteban II (752-757), para forzar la alianza militar del rey franco Pipino y de su hijo Carlomagno con la Iglesia para combatir a los longobardos, que amenazaban las riquezas y poder del Papado Romano. Tras la derrota de los longobardos, el rey Pipino, convencido por esta trampa de que Esteban II era el sucesor de San Pedro y del emperador Constantino, devolvió a la Iglesia Católica todas las tierras que “por derecho” le pertenecían según la donación de Constantino. Así nacieron los Estados Pontificios. Gracias a esta estafa macanuda, la Iglesia acumuló un patrimonio y un poder tan inmensos que aún hoy vive de los beneficios de aquella fechoría. De los siglos XI al XVI se hizo uso y abuso de este documento falso para reforzar el poder de los papas, anexionarse territorios, etc. Aunque ya el emperador Otón III en el 1001 denunció este fraude, no fue hasta 1519 que se publicaron las pruebas de la falsificación… y hasta el s. XIX la Iglesia Católica continuaba defendiendo la autenticidad del documento original sobre el que basó su vergonzoso poder terrenal.

Durante todo este tiempo los Estados Pontificios ocuparon, con variaciones, gran parte de la península itálica hasta que en 1870, fruto del proceso de Reunificación italiana, el entonces papa Pío IX vio su poder administrativo reducido al Palacio Vaticano. En 1929, por el Tratado de Letrán, se formalizó la actual ciudad-Estado de forma que Mussolini reconocía ante Achille Ratti (Pío XI, simpatizante de la causa fascista) la independencia y soberanía del Vaticano. Las declaraciones del papa son ilustrativas: Mussolini ha devuelto Dios a Italia, e Italia a Dios. Él es un don de la Providencia. Además, Il Duce concedió numerosas prevendas a la Iglesia, poderes a organizaciones religiosas y subvencionó con cientos de millones de liras al propio Vaticano, lo que supuso una importante inyección de liquidez gracias a la cual en las siguientes décadas la Santa Sede emprenderá una serie de negocios e inversiones.